Querido hermano:
Perdona que distraiga tu atención y que te suplique la limosna de CINCO MINUTOS de tu atención, pero en los últimos años he aprendido que la mejor manera de mantener y acrecentar mi sobriedad es compartiéndola con otros, y es ése el motivo que me impulsa a escribirte estas líneas y compartirte mi experiencia del paso de la negación a la aceptación en mi vida:
Durante veinte años yo fui fiel compañero de la botella. A un principio como bebedor social, usando el trago de vez en cuando, o cuando la ocasión lo ameritaba. Después bebí fuerte, con más frecuencia y más intensidad, abusando de mi indiscutible capacidad de asimilar bien el alcohol, en ese momento no tenía problemas con el alcohol. Pero un día, no sé cuándo ni porqué, cruce esa línea invisible que separa al bebedor normal (social o fuerte), del bebedor problema o alcohólico. Por lo que tenía que pasar de la negación a la aceptación. Y, aunque yo me negaba a reconocerlo, empezaron a surgir problemas, en lo económico, en lo físico, en lo moral, en mi capacidad para trabajar, en mis relaciones familiares, en mi forma de convivir con la sociedad, en mis responsabilidades, en mis valores espirituales. (https://www.llaurantlallum.com/efectos-alcoholismo.html) De la negación a la aceptación
Pero yo, torpemente, con ese ego inflado que caracteriza a los alcohólicos como yo y que los hace vivir en un mundo de egocentrismo, seguí creyendo que era el bebedor social, elegante y genial. Me rehusaba pasar de la negación a la aceptación. Mientras todo el mundo se daba cuenta de lo “cuesta abajo” que yo iba, todo el mundo… menos yo. Yo no me daba cuenta de que estaba bebiendo COMPULSIVAMENTE. Una obsesión mental y una compulsión física me empujaban a seguir bebiendo. Yo, que durante una prolongada época de mi vida de borracho no concebía beber solo, ya estaba bebiendo solo, sin más compañía que una compulsión que era superior a mis fuerzas… Yo, que durante mis muchos años de bebedor no concebía beber por la mañana, ya estaba bebiendo al despuntar el alba. Pero yo seguía creyéndome el bebedor social y simpático, y pregonaba que el día que yo tuviese problemas con la botella pondría en juego mi gran fuerza de voluntad… ¡Y al diablo con la copa! Y llegó ese momento, fue como a las cuatro de la madrugada en mi hogar. Me sorprendí en el comedor, tembloroso y con los nervios destrozados, buscando la botella para tomarme un trago… ¡Un trago que me exigía el cuerpo! ¡Me lo serví… y me lo tomé! Inmediatamente surgió algo que yo llamé “casualidad”, pero que hoy llamo DIOS. (https://www.apa.org/centrodeapoyo/alcohol)
Fue un momento de lucidez, como un rayo de claridad mental, que me permitió reconocer que aquello que estaba padeciendo no era normal. Que no era normal que un hombre como yo, que desde chico he sido un defensor incansable de la libertad, se viera esclavizado a una botella de vino. Reconocí que “algo malo”- había en mi relación con la botella, y decidí poner en juego mi fuerza de voluntad, en la cual creía yo como cree el tahúr en el as de espadas escondido en la manga del saco, y el cual, en hábil escamoteo, surge para salvar la situación; como cree el entrenador de un equipo de fútbol en su “jugador estrella”, que aguarda en la banca su indicación pare entrar a la cancha y buscar el triunfo, hoy te digo: Se puede y se deben de dejar los vicios, por ti, por tu familia y por todos los que nos rodean, nunca se debe de aspirar a perder la dignidad y  llegar a ser un parásito social, ponte  en ACCIÓN y libérate del yugo de una adicción, pasando de la negación a la aceptación.
No estas solo, aquí te entendemos y podemos ayudarte

De la negación a la aceptación

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